El sitio web de la UCLM utiliza cookies propias y de terceros con fines técnicos y de análisis, pero no recaba ni cede datos de carácter personal de los usuarios. Sin embargo, puede haber enlaces a sitios web de terceros, con políticas de cookies distintas a la de la UCLM, que usted podrá aceptar o no cuando acceda a ellos.

Puede obtener más información en la Política de cookies. Aceptar

Un estudio dice que las antenas son peligrosas y otro que no. ¿Cuál me creo? por Alberto Nájera López en The Conversation.

13/02/2019
Compartir:  logotipo Twitter

Un estudio dice que las antenas son peligrosas y otro que no. ¿Cuál me creo? por Alberto Nájera López en The Conversation.

13/02/2019

Alberto Nájera López, Universidad de Castilla-La Mancha

Seguro que ha escuchado que no debe dormir con el móvil en la mesilla o no hablar mientras se carga. O que, incluso, produce cáncer. Que los científicos no se ponen de acuerdo. Que existe evidencia científica contradictoria que no permite concluir nada. Que las empresas de telefonía compran a los científicos.

Por el contrario, también habrá escuchado que no hay peligro alguno. Que con los límites establecidos por la Comisión Internacional para la Protección ante la Radiación No-Ionizante no debemos preocuparnos. Es posible que le hayan hablado del negocio existente tras el miedo electromagnético. Si la ciencia es evidencia y objetividad, ¿qué está pasando?

No hay alarma

Los posibles efectos sobre la salud de los campos electromagnéticos emitidos por móviles, antenas, wifi y cualquier dispositivo inalámbrico, generan debate en la opinión pública. Mucho menos entre los científicos en el seno de la Sociedad Europea de Bioelectromagnetismo y la Sociedad de Bioelectromagnetismo.

Existen estudios toxicológicos, epidemiológicos y de determinación de dosis. Estudios que han sido reproducidos en diferentes condiciones, por diferentes equipos independientes y en otras partes del mundo. En conjunto, aportan resultados tan abrumadores que, en condiciones normales, no avalan los riesgos sobre la salud.

A pesar de ello, los científicos no se cierran al estudio de posibles efectos en condiciones muy específicas. Estos no justificarían una alarma generalizada, pero deben ser tenidos en cuenta. En ocasiones no podremos extrapolarlos a seres humanos, pues fueron obtenidos en condiciones de laboratorio, muy diferentes a las habituales. Por ejemplo, en animales o con células.

Estudios ‘a la carta’

Existen científicos que, con frecuencia, publican trabajos y artículos de opinión, además de promover plataformas, que apuntan en dirección contraria. Es mucho más fácil encontrar estudios que confirman un efecto que aquellos que confirmarían un no efecto.

Existen muchísimos estudios de un solo disparo que no han sido continuados ni repetidos por los propios investigadores, mucho menos por otros. Muchos tienen defectos técnicos obvios (como la determinación de la dosimetría y el control de la temperatura) que enmascaran artefactos o se mueven en el rango de la variabilidad del propio experimento que no aportan relevancia alguna para la salud humana.

Si mi intención es confirmar el efecto negativo, podré buscar y seleccionar aquellos trabajos que lo justifiquen y seleccionar aquellas evidencias que confirmen mis creencias. Esto se conoce como cherry picking. También podré obviar la generalidad y, en el peor de los casos, manipular las conclusiones a mi gusto. En definitiva, torturar los datos hasta que confiesen lo que queremos.

Un ejemplo de selección interesada de artículos es el informe Bioinitiative, publicado parcialmente en la revista Pathophysiology, no indexada en el índice de referencia JCR. En un número especial en el que Martin Blanck, uno de los promotores del pseudoinforme, actuó como “editor invitado”.

Este informe de más de 1400 páginas alerta de los terribles y peligrosos efectos que la radiación electromagnética de radiofrecuencia tiene sobre la salud. Pero no aporta algo esencial en estos casos: la estrategia y criterios objetivos de inclusión de los trabajos. De esta manera, se presenta como revisión sistemática lo que a todas luces no es más que una selección interesada de aquellos artículos que dicen lo que interesa.

Forzar la razón

He podido comprobar que es una práctica demasiado frecuente de los editores del informe, Cindy Sage y David O’Carpenter, y de algunos de los participantes. Entre ellos merece la pena destacar a Lennart Hardell, Henry Lai y a Carl F. Blackman.

Si analizamos alguna de sus contribuciones en el último año, Sage publicó un trabajo en la revista Child Development, en una sección especial editada por Lennard Hardell.

En este trabajo, alertan de los terribles efectos de los campos electromagnéticos en adolescentes. Destacan autismo, déficit de atención, aprendizaje y problemas de comportamiento. Estos efectos estarían producidos por daños epigenéticos y sobre el ADN. ¡Ahí es nada! Se trata de una revisión narrativa, sin criterios de inclusión ni metodología y sin que parezca existir la garantía de un proceso de revisión por pares.

En el trabajo tampoco se incluye conflicto de intereses a pesar de que la filiación de Sage es Sage Associates, una empresa especializada en proyectos de impacto de campos electromagnéticos sobre las personas que a mí me generaría, al menos, dudas.

En otro trabajo en la revista Electromagnetic Biology and Medicine, de la que es “editor emérito” Henry Lai, colaborador del Bioinitiative, Sage y Hardell dan por válida la asociación entre teléfonos móviles y cáncer y alertan del uso de dispositivos inalámbricos en consultas médicas por el efecto que podría tener en el tratamiento de los pacientes.

Otro trabajo llamativo, en forma de comentario en la revista International Journal of Oncology, también de Hardell, insiste en la relación inequívoca de la exposición a radiación y el cáncer. Para ello aporta evidencias a favor de su hipótesis, pero obvia trabajos epidemiológicos que lo cuestionan, en otro claro ejemplo de selección interesada sin metodología objetiva de inclusión de estudios.

A la misma conclusión se llega en otro trabajo, esta vez de O’Carpenter con Hardell, en la revista Environmental Pollution de la que es coeditor el propio O’Carpenter. En él se citan capítulos no publicados del informe Bioinitiative.

En este trabajo, por ejemplo, se indica que en Navarra (España) el número de cánceres de cerebro se ha incrementado (Etxeberria et al., 2015), para justificar la relación causal con los móviles. Olvidan decir que los autores de dicho trabajo destacaron en sus conclusiones que “el aumento se debió al incremento en los grupos de mayor edad, ya que las tasas para los grupos de menor edad se mantuvieron estables o disminuyeron con el tiempo”.

Cuidado con el sesgo de confirmación

Son solo algunos ejemplos del último año. Sin duda una selección interesada por mi parte para destacar, casualidad o no, esta aparente intención de los autores de demostrar efectos sin evidencias sólidas, reproducidas y concluyentes. Se trata de un conjunto de trabajos en revistas científicas que parecen dejar clara la existencia de efectos demostrados, pero aportan una visión parcial de la situación.

A todos nos gusta tener la razón. Nos cuesta admitir que estamos equivocados y a veces buscamos argumentos que demuestren que nuestra tesis es correcta. Este fenómeno es conocido en psicología como sesgo de confirmación y no debería tener cabida en ciencia. Inventar o manipular los resultados para confirmar una hipótesis es una conducta inadecuada y censurable.The Conversation

Alberto Nájera López, Profesor Contratado Doctor de Radiología y Medicina Física, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Volver